Soledad
Al subir al vagón del metro y pasar a su lado, los jovenzuelos estudiantiles procedentes de la ciudad universitaria se rieron cómplicemente de ella, mirándola y mirándose alternativamente los unos a los otros, habían finalizado la etapa escolar del día y se sentían ufanos y radiantes, gallitos de un gallinero, plagados de hormonas y con ganas de chanzas y picardías. Ella, por el contrario, se molestó, aquellas risas le sonaron a insulto, era una persona de mucha edad, la ancianidad se reverberaba en su rostro ajado, en su piel surcada de pliegues, de arrugas, unos ojos grandes y amoratados, cargados de bolsas, y sin apenas pestañas, bajo unas cejas grises y extrañamente cuidadas, en su mata de pelo ceniciento, desgreñado y sucio, que caía a modo de tiras de fregona por debajo de sus hombros y le tapaba media espalda, en su atuendo, su vestido excesivamente holgado para una enjuta y depauperada figura parecía haber sido sacado de una feria medieval, con saya de amplios vuelos, medias de lana, zapatillas de color rojo chillón y sin embargo sus prendas interiores eran de lencería modernista, nadie lo hubiese sospechado, ni tampoco que no desprendía olor alguno. Le molestó que la miraran y se rieran de ella y comenzó un monólogo que pretendía dirigirse a ellos y a todos lo usuarios de aquel vagón .
Su voz era grave, entrecortada sin llegar a balbucir, sin vacilar, y al hablar mostraba unos dientes amarillos y enormes y al pronunciar la S escupía sin reparos intencionadamente.
Vosotros los jóvenes hoy vais por el mundo pisoteando y burlándose de todo aquel que se cruza en vuestro camino, inconscientes e inconstantes muchachuelos, yo también tuve vuestra edad y nunca me comporté con esos incívicos modales de borregos . Vuestras risas me molestan, pero ya no hacen daño, se han reído tantas veces de mi en tantos sitios, no, ya no me duelen.
Vosotros os creéis los dueños del mundo, y en cierto modo lo tenéis ahí para jugar con él, pues lo compartís juntos, y no sabéis de abandonos y de aislamientos, no sabéis lo que es la soledad, no, claro que no, no sabéis lo que es estar días enteros sin compañía, sin nadie a tu lado que te tienda una mano, de alguien que te hable, muchas veces no pido más que eso, alguien con quien hablar, bien es cierto que otras muchas, la mayoría, prefiero estar a solas, apartada, melancólica, pero en momentos como estos, solo deseo poder hablar con alguien, no sentirme tan sola, porque vosotros cuando dejéis este vagón iréis a reuniros con vuestras familias o amigos, compartiréis con ellos momentos alegres o tristes, pero juntos, y yo nada más hablo y seguro que me estáis escuchando aunque no me miréis, me estáis escuchando porque hablo fuerte y soy diferente, y no hay derecho a que nadie se ría de mi. Esos imberbes se ríen, míralos, como las comadres que cotillean al novio de la vecina, como verduleras de mercadillo, ¡ya callarán!, ellos no saben de soledad, esa carcoma que corroe y va pudriendo, quiera el diablo que se vayan a reír de ellos mismos, no hay respeto ni hay nada
Los jóvenes, sentados un poco más allá, cuchicheaban entre si y dejaron de reír, pronto se olvidaron de la vieja loca chillona y se pusieron a hablar de chicas, y del próximo fin de semana.
Un hombre de mediana edad, sentado al lado, cansado de aquel monólogo, y haciendo de buen samaritano, empatizando con la mujer, más bien por beneficio suyo y por tranquilizar a la anciana más que por simpatía o ganas de entablar una afable amistad le habló.
-Tiene usted toda la razón del mundo-
La anciana calló.
Sacó de su bolso una pequeña cartera de cuero negro con los bordes desgastados, la abrió, desabotonándola y sacando varias fotografías, se la fue enseñando una a una a su compañero de viaje, la primera era en blanco y negro, diciéndole.
- Esta soy yo, mi marido que en paz descanse, y mi hija cuando tenía quince años. En esta otra están mis nietas, ¡Eran tan guapas de pequeñas! , tengo tres nietas y un nieto, dos de ellos ya están casados y con hijos, pero no tengo sus fotos. Sabe usted, mi hija es catedrática en funciones de la universidad y su marido es un rico empresario y abogado, por eso me ve usted en esta línea de metro, siempre que puedo vengo a verla sin que ella me vea, me escondo y la veo entrar en la facultad, y ya me siento contenta. Ese día, hoy no, hoy no la he visto, ese día mi soledad desaparece.
Post Date:
En la mañana de hoy, mientras desayunaba, escuché tres mensajes dejado en una botella lanzado a las ondas de la radio, en el contestador de una emisora, uno era una mujer, no sé si era real ó era una actriz, pero tenía un toque tan dramático que me hizo temblar, Isabel Gemio le concedió poca importancia, habló más y se rio con el tercer mensaje, sobre el hecho de que en Almería hubiese nevado, por ello tal vez ... Era un grito angustioso de soledad, de una mujer que decía entre sollozos que se podía vivir sin alma, pero se preguntaba ¿Cómo se puede vivir sin nadie?. Creo que dijo llamarse Dolores Martín. Si alguien la conoce, -pidió a gritos ayuda- , yo quisiera tenderla una mano amiga.
Su voz era grave, entrecortada sin llegar a balbucir, sin vacilar, y al hablar mostraba unos dientes amarillos y enormes y al pronunciar la S escupía sin reparos intencionadamente.
Vosotros los jóvenes hoy vais por el mundo pisoteando y burlándose de todo aquel que se cruza en vuestro camino, inconscientes e inconstantes muchachuelos, yo también tuve vuestra edad y nunca me comporté con esos incívicos modales de borregos . Vuestras risas me molestan, pero ya no hacen daño, se han reído tantas veces de mi en tantos sitios, no, ya no me duelen.
Vosotros os creéis los dueños del mundo, y en cierto modo lo tenéis ahí para jugar con él, pues lo compartís juntos, y no sabéis de abandonos y de aislamientos, no sabéis lo que es la soledad, no, claro que no, no sabéis lo que es estar días enteros sin compañía, sin nadie a tu lado que te tienda una mano, de alguien que te hable, muchas veces no pido más que eso, alguien con quien hablar, bien es cierto que otras muchas, la mayoría, prefiero estar a solas, apartada, melancólica, pero en momentos como estos, solo deseo poder hablar con alguien, no sentirme tan sola, porque vosotros cuando dejéis este vagón iréis a reuniros con vuestras familias o amigos, compartiréis con ellos momentos alegres o tristes, pero juntos, y yo nada más hablo y seguro que me estáis escuchando aunque no me miréis, me estáis escuchando porque hablo fuerte y soy diferente, y no hay derecho a que nadie se ría de mi. Esos imberbes se ríen, míralos, como las comadres que cotillean al novio de la vecina, como verduleras de mercadillo, ¡ya callarán!, ellos no saben de soledad, esa carcoma que corroe y va pudriendo, quiera el diablo que se vayan a reír de ellos mismos, no hay respeto ni hay nada
Los jóvenes, sentados un poco más allá, cuchicheaban entre si y dejaron de reír, pronto se olvidaron de la vieja loca chillona y se pusieron a hablar de chicas, y del próximo fin de semana.
Un hombre de mediana edad, sentado al lado, cansado de aquel monólogo, y haciendo de buen samaritano, empatizando con la mujer, más bien por beneficio suyo y por tranquilizar a la anciana más que por simpatía o ganas de entablar una afable amistad le habló.
-Tiene usted toda la razón del mundo-
La anciana calló.
Sacó de su bolso una pequeña cartera de cuero negro con los bordes desgastados, la abrió, desabotonándola y sacando varias fotografías, se la fue enseñando una a una a su compañero de viaje, la primera era en blanco y negro, diciéndole.
- Esta soy yo, mi marido que en paz descanse, y mi hija cuando tenía quince años. En esta otra están mis nietas, ¡Eran tan guapas de pequeñas! , tengo tres nietas y un nieto, dos de ellos ya están casados y con hijos, pero no tengo sus fotos. Sabe usted, mi hija es catedrática en funciones de la universidad y su marido es un rico empresario y abogado, por eso me ve usted en esta línea de metro, siempre que puedo vengo a verla sin que ella me vea, me escondo y la veo entrar en la facultad, y ya me siento contenta. Ese día, hoy no, hoy no la he visto, ese día mi soledad desaparece.
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En la mañana de hoy, mientras desayunaba, escuché tres mensajes dejado en una botella lanzado a las ondas de la radio, en el contestador de una emisora, uno era una mujer, no sé si era real ó era una actriz, pero tenía un toque tan dramático que me hizo temblar, Isabel Gemio le concedió poca importancia, habló más y se rio con el tercer mensaje, sobre el hecho de que en Almería hubiese nevado, por ello tal vez ... Era un grito angustioso de soledad, de una mujer que decía entre sollozos que se podía vivir sin alma, pero se preguntaba ¿Cómo se puede vivir sin nadie?. Creo que dijo llamarse Dolores Martín. Si alguien la conoce, -pidió a gritos ayuda- , yo quisiera tenderla una mano amiga.
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